Día 10: Takayama y Matsumoto

El recorrido por la zona de los Alpes Japoneses empezaba a tocar a su fin. Comenzamos el día con una visita al Hida Kokubun-ji, el santuario más antiguo de la zona de Takayama que casualmente teníamos en frente del alojamiento. 

Estaba chulo aunque no tenía nada especial que lo diferenciara de otros salvo tal vez su antigüedad y su tranquilidad. Tras un inicio espiritual vía moneda de cinco yen, fuimos a la estación de tren para dejar las maletas en las consignas y comprar el billete a Matsumoto. De hecho existía la posibilidad de coger el tren de la JR Pass, sin embargo perdíamos mucho tiempo; un autobús que llevaba directamente a Matsumoto en la mitad de tiempo era nuestra mejor opción por 3190 JPY cada uno.

Desde ahí empezamos a caminar con la intención de visitar uno de los dos mercados matutinos de la ciudad a ver si veíamos algo que picotear y así desayunar. Por el camino nos encontramos un pequeño onsen de pies en una parada de autobús. ¡Esto es nivel!



Como veis tocaba descalzarse, arremangarse los pantalones y a relajarse unos minutitos... Nada que ver con el placer, había que conocer qué era aquello xD. Según vi hay un par en Takayama recordad esto es cultural nada más.


Finalmente llegamos a uno de los dos mercados matinales, este era un mercado de los de toda la vida, para comprar hortalizas, frutas, utensilios, etc. A diferencia de otros que vimos en Japón no había cosas para comer en el momento.

Descartamos visitar la colina donde otrora estuvo el Takayama-jo al considerar que no había gran cosa que ver y estar un poco alejado para nuestros planes. Así que con el estómago rugiendo volvimos a la calle de las destilerías de sake que habíamos visitado la noche anterior por la noche. Donde empezamos a picotear varios aperitivos.





De lo único de lo que se el nombre es lo de la izquierda, son dangos, básicamente bolitas de arroz frito con una salsa. No nos gustó especialmente, las otras dos estaban mucho mejor pero no lo metería en el top de cosas que probamos en Japón.

Resultaba curioso pasear por las calles y ver las botellitas de Sake que se exhibían, más que eso me llamó la atención los grandes barriles donde antaño solía almacenarse el sake. También había muchos sitios donde servían carne de Hida algunos de ellos en forma de nigiri.





Después tocaba un momento friki arquitectónico que os recomiendo a todos si tenéis la oportunidad de verlo: la Casa patrimonial Yoshijima (500 JPY/pax). Esta construcción de 1908 ha aparecido en numerosas publicaciones de arquitectura, antes una casa de Sake, ahora cumple una función más expositiva.

Me gustaría destacar la sobriedad de la construcción así como la gran altura de sus techos en la entrada. El único punto negativo que se le podría achacar era que no estaba calefactada en absoluto cosa que se nota especialmente cuando estás descalzo en los alpes japoneses a finales de marzo. Acabamos teniendo que salir antes de lo que nos hubiera gustado jajaja.






Y para terminar fuimos a visitar la aldea tradicional Hida. Ésta se encuentra situada a las afueras de Takayama, se puede ir bien andando o bien en autobús, éste último no tarda nada.

La Hida-no-sato es un área de gran extensión al aire libre que busca preservar el patrimonio japonés: decenas de casas y construcciones tradicionales que se desmantelaron en diferentes lugares de la región para montarlas de nuevo en este lugar quedando así expuestas como un museo en el que se pretende dar una idea de cómo era la vida rural en siglos pasados. 

Lo negativo: no dejaba de tener un tufillo a museo que hacía que se perdiese el aire de autenticidad que por el contrario Shirakawa-go tenía. Aquí podíamos cinco tipologías de viviendas y dos o tres construcciones de cada tipo, por lo que quien no pueda pasar por por el pueblo situado entre las montañas, le aconsejo que lo visite porque no es mal sustitutivo.




La verdad es que tuvimos buena suerte y pudimos ver los alpes a lo lejos, ayudaba bastante a la inmersión. 

Para despedirnos de Takayama qué mejor forma que volver a darnos un homenaje comiendo la carne de Hida. Este segundo sitio que escogimos era más caro (5.500 JPY) y a mi juicio era mucho menos espectacular el plato que elegí. No se puede acertar siempre :-).



El camino en autobús no fue breve pero las vistas eran tan espectaculares como el tramo de Kanazawa - Shirakawago - Takayama: numerosas cumbres nevadas que iban acompañándonos a lo largo de todo el recorrido mientras de cuando en cuando pequeños riachuelos hacían acto de aparición, algunos de ellos emanaban vapor delatando así el origen termal que tenían.

Todo por supuesto pasaba mejor en compañía de unos dulces que compramos frente a la aldea Hida que me recordaron mucho a las yemas de Ávila, ¡qué pequeño es el mundo!


Dos horas y media después finalmente llegamos a Matsumoto, lo primero que hicimos fue, como siempre, dejar las cosas en el Minshuku en el que nos alojábamos para empezar a conocer la ciudad. Una vez más sin problemas con la habitación, tuvimos mucha suerte en ese aspecto:


Desde ahí fuimos raudos al Nawate dori, un diminuto barrio de mercaderes con encanto, situado a orillas del río, el Metoba-gawa. A lo largo de este barrio se distinguían numerosos almacenes con paneles de celosía que se han reconvertido en comercios o establecimientos de antigüedades, sin embargo el principal protagonista era otro: las ranas.


 

Como veis, allá donde se miraba había ranas: ranas en santuarios, en las calles, en las fuentes, incluso había una gran estatua de dos ranas, una encima de otra armadas que recordaban a los sapos de Naruto.

Hay un par de teorías acerca del origen esto, por un lado en el río antes mencionado, el Metoba-gawa viven numerosas ranas. Sin embargo hay otra con mucha gracia: rana en japonés es Kaeru, esa misma palabra también significa regreso; así que es una forma de pedir que la clientela regrese y con ella el dinero, así que aquí las ranas atraen la buena suerte en los negocios (algo parecido al gatito, el neko de la suerte).




Y el momento gastronómico del día en Matsumoto fue el Taiyaki que es un dulce japonés con forma de pez que se hacía en un molde y podía estar relleno de varias cosas, yo fui a lo tradicional y lo pedí de judías Azuki.

Para terminar el día anticipamos un poco lo que íbamos a ver al día siguiente: el Matsumoto-jo. También llamado el Castillo Cuervo por su aspecto, el cual contrasta muchísimo con el Himeji-jo o la Garza Blanca como también es apodado este último. Precioso con las últimas luces del atardecer y las montañas de fondo.



Una de las fotos más conocidas y bonitas de este castillo es la que sigue con el puente de madera delantero que da acceso al conjunto. Éste último está cerrado y el acceso se realiza por otro sitio.


El día terminó con una cena en un restaurante de yakiniku. Es algo parecido a los típicos de carne a la piedra, tienes una parrilla y aparte la carne cortada y preparada para hacértela al gusto. ¡Espectacular!



Darío Palacios

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