Día 11: Matsumoto y la ruta Nakasendo


El último día que tendríamos de excursiones antes de llegar a la capital del país del sol naciente tuvo un inicio inmejorable. ¿Recordáis que en Miyajima contratamos un desayuno que acabó siendo occidental y no fue gran cosa? Pues en el último alojamiento tradicional que nos hospedaríamos contratamos también un desayuno en esta ocasión tradicional y... Mejor juzgadlo vosotros mismos:


Espectacular y completito: arroz, algas, encurtidos, fruta, tortilla, pescado, sopa de miso (cuentan que esta sopa es la causa de la longevidad japonesa) y un dulce. La verdad es que si viajáis a Japón os recomiendo que lo probéis al menos un día. Como curiosidad deciros que este tipo de desayuno es algo que se va perdiendo habiendo sido desterrado en algunos casos a los fines de semana y en otros casos ni eso. Tal vez por las prisas dado que preparar esto tiene su trajín.

Después de desayunar y hacer el Check out tocaba retomar la visita del Castillo Cuervo (610 JPY/pax), esta vez por dentro.


A priori ambos castillos son bastante parecidos al menos en cuanto a su forma, sin embargo conviene recalcar que el conjunto del Himeji jo era mucho más impresionante y grande en comparación con este. El interés del Matsumoto jo se limita los torreones principales. 

Por dentro el castillo gana enteros al tener en algunas de sus plantas diferentes exposiciones de armas y armaduras, bastante chula por cierto.

              

A los sorprendidos por la presencia de los mosquetes y arcabuces, comentaros que las armas de fuego fueron introducidas en Japón por los portugueses (en 1543 según internet). Al ser un arma tan mortífera con muchos inconvenientes frente a los arcos se destinó su uso a los menos habilidosos Ashigarus (campesinos). 

             

Otro puntazo que tenía este castillo era la presencia de, vamos a llamarlos animadores, que eran gente disfrazada con los que te podías hacer fotos gratuitamente (ya podían hacer lo mismo en otros sitios como en Roma).


Después de la visita al castillo volvimos a recorrer la Nawate dori para verla con más ambiente y sin entretenernos mucho cogimos el tren que nos llevaría a Magome, Uno de los pueblos más famosos del valle del Kiso donde haríamos la ruta Nakasendo.

Para explicaros esto, os relataré una historia: imaginémonos a los diferentes clanes samuráis batallando durante varios cientos de años para intentar convertirse en la gran potencia militar del antiguo Japón. Tras numerosos años en el año 1600, contra todo pronóstico Tokugawa Ieyasu venció a sus rivales en la batalla de Sekigahara. Con esto consiguió alzarse con el título de líder militar, el Shogún. 

Tras ello promulgó varias leyes para evitar que pudiesen surgir conflictos que le derrocasen. Las que nos interesan fueron:
    - La prohibición de movimiento de gentes fuera de su territorio sin permiso de su señor feudal.
    - Prohibió la existencia de vehículos con ruedas
    - Cada dos años, todos los señores feudales debían ir a la corte en Edo (Tokyo)
Estas leyes obligaban a los señores feudales y potenciales enemigos a estar recorriendo de un lado a otro Japón a pie o llevado en palanquín por sus sirvientes. Con ello hubo que trazar una larga red de caminos para garantizar que los samuráis pudiesen recorrer el país cuando tuviesen que visitar la capital.

Pues la ruta del Nakasendo comunicaba la antigua capital Kyoto con la nueva capital Edo. De esta ruta se ha restaurado el tramo que unía Magome con Tsumago.


Toda esta información la tuvimos que traer preparada desde España, así que si alguno está interesado en ir os adjunto el mapa de las líneas de autobús y tren. 

Como podéis ver fuimos desde Matsumoto a Nakatsugawa y desde allí cogimos un autobús (510 JPY) que llevaba a Magome, tal vez os preguntéis, ¿y por qué no en Tsumago que está más cerca y de ahí a Magome? Fácil, de Magome a Tsumago predomina la cuesta abajo, a la inversa sería más duro el recorrido.

 Tras la información logística e histórica pasamos a contar cómo era Magome. Dentro fotos:


             

Magome era un pueblecito bastante turístico y renovado, las callejuelas estaban en muy buen estado, pavimentadas, todo precioso, sin embargo... Le faltaba algo que no sabía definir qué era hasta el final del día, que fue cuando lo descubrí.

Como detalle comentaros el error que cometimos. No compramos nada de comida confiando en encontrarlo en Magome, pues bien allí no se puede comprar nada, o casi nada. Así que con unos dulces que compramos a aguantar toda la tarde (pringaos jajaja).





El paseo es imposible de definir, vimos de todo lo que habíamos visto hasta la fecha: plantaciones de bambú, santuarios con jizos, pequeños pueblos con apenas seis o siete casitas, cementerios, ríos, cascadas y bosque puro y duro.




A lo largo del camino habremos visto como unas seis o siete campanas, todas se supone que funcionan como repelente de osos. Lo que no me quedó claro era si había que tocarlas al pasar para que los osos supieran que había gente y no acercarse, o si una vez has visto el oso espantarle... Me inclino por lo primero.



              



Finalmente llegamos a Tsumago, un simpático caballo de paja fue lo que nos dio la bienvenida al llegar al pueblo, me recordaba por la forma un poco al caballo de Troya




Fue ver Tsumago y saber qué era lo que le faltaba a Magome... Autenticidad, aquí las calles no tenían el mismo pavimento de grandes adoquines, si no que tenía en su lugar asfalto (cagada) y en algunos puntos arena como se ve en las recreaciones de las ciudades y pueblos de las películas de samuráis. Y no sólo en las calles, las viviendas eran de una madera con más personalidad, menos brillante y con menos aspecto de mírame y no me toques. 

Llegamos a las 17h lo que en Japón se considera bastante tarde, la mitad de los sitios estaban cerrados y la otra mitad estaban a punto. Como estábamos caninos aprovechamos para comprar una especie de bollo que podía estar relleno de varias cosas, escogimos berenjenas, riquísimos. Intenté descubrir qué era hablando con la cocinera, según me dijo se llamaban Oyakis. Tenía mis dudas de si nos entendimos bien, pero parece que sí. Y eso que no hablaba ella apenas ingles y yo salvo palabras sueltas, nada de japonés.


Quedaba una horita para que pasara el último autobús, ese tiempo lo pasamos visitando el pueblo hasta que finalmente decidimos descansar en la parada, en parte por el miedo a perderlo. El autobús nos llevaba a Nagiso y desde ahí fuimos a Nagoya en tren y a Tokyo en Shinkansen. La cena ya no la perdonamos... Pues estábamos cansados, era tarde y llegaríamos aún más tarde a Tokyo.


Al día siguiente tendríamos madrugón para tener el mejor desayuno posible...

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Darío Palacios

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