Día 12: Tokyo (Tsukiji, Ginza, Roppongi Hills)

Ya sólo quedaban seis días de viaje y en esos días conoceríamos un Japón que nada tenía que ver con el más tradicional que habíamos visto la mayor parte del tiempo en los últimos días, si hubiese un sitio con cierto parecido a Tokyo sería Osaka, sin embargo aquí todo era a lo grande.

En Tokyo tocó madrugón porque teníamos un desayuno muy especial en el mercado de Tsukiji. No nos pillaba muy lejos al estar alojados por la bahía de Odaiba así que con un autobús nos plantamos allí en unos 10 minutos.

Tsukiji es el barrio en el que se sitúa la lonja de pescado más grande del mundo. De hecho en su momento los turistas que se prestaran a madrugar podían asistir en vivo a la subasta del atún, sin embargo tras unos incidentes con turistas borrachos (animales) lo cerraron para posteriormente abrirlo de manera muy acotada y según leí por ahí no debía merecer tanto la pena. Así que fuimos a lo bueno directamente: la experiencia gastronómica.


Tras ver que todos los sitios tenían colas larguísimas escogimos uno de los sitios que tenía buena pinta y muy buenas referencias en tripadvisor así que allí nos plantamos y a practicar el deporte nacional japonés: hacer cola. Tras unos 40 minutos eternos finalmente llegamos al sitio junto a la barra donde pedimos una degustación del chef (4000 JPY) en el que te ponían un variado de sushi. Ver al sushiman cómo los iba haciendo era una delicia tanto visual como gastronómicamente hablando. En este sitio tenían un muy buen salmón, el atún me quedé con las ganas de probarlo, es lo que tiene compartir. La principal pega que le pondría al sitio fue que no nos preguntaron si queríamos con o sin wasabi, así que lo hizo sin el y bueno... No es lo mismo.


Una vez desayunados fuimos al mercado de mayoristas, en el cual aunque ya había pasado todo el grueso de la faena tenía bastante vida. Había numerosos puestos que parecían montarse y desmontarse cada mañana en el que se exponían diferentes pescados en mil y una formas diferentes. Algunos de estos pescados no se parecían a nada que hubiera visto hasta entonces. También vimos como algunos trabajadores troceaban un pescado con ayuda de un cuchillo de grandes dimensiones que ya asustaba mirarlo. Los que lograron vender todo su género temprano a esas alturas estaban ya recogiendo y limpiando su puesto para irse a descansar.

Todo sucedía a la vez como si numerosas vidas a diferentes horas estuviesen sincronizadas en el mismo lugar y el mismo instante. Otro puñado de trabajadores parecían tener la misión de conectar estos diferentes estados entre sí mientras se esforzaban en llevar la mercancía de un sitio a otro a bordo de unos vehículos tan extraños que bien podían estar en la luna.



No tardé en percatarme de algo que había leído hacía tiempo, y es que lo que para nosotros era algo llamémoslo turístico, para ellos era trabajo; así que tocaba pasar con mucho tiento e intentando no molestar. Era imposible con tanta gente moviéndose. ¡Lo siento!

      

El mercado estaba chulo pero quiero avisaros de que no deja de ser un mercado mayorista, merece la pena visitarlo tanto por ese desayuno (fuera del mercado) como por vivir una mezcolanza de sensaciones en el mismo lugar. Tal vez no convierta en vuestro sitio favorito pero no os dejará indiferentes, aunque sí que pienso que un mercadillo más pequeño siempre se disfruta más.

Esto son los vehículos de los que hablaba antes, era imposible caminar sin cruzarse con ellos, incluso sin molestarles, los utilizaban para transportar grandes embalajes de pescado.


Como curiosidad deciros que llevan tiempo diciendo que iban a mover el Mercado de Tsukiji a las afueras, se suponía que este era el último año para verlo sin embargo las últimas noticias es que lo retrasaron a febrero 2017... Llevan tanto tiempo retrasándolo que al final parece que nunca lo harán.

Después de la visita al mercado de Tsukiji tocaba un momento zen... A unos diez minutos andando se llega al Hama-rikyū Onshi-teien (300 JPY/pax). Un parque impresionante en tamaño y con una belleza diferente de Kyōto, aún con la presencia de los edificios más cercanos no dejas de sentir que estás en un pulmón verde en medio de la ciudad.


Este jardín era en su momento unos terrenos de caza de la familia del Shōgun, los Tokugawa. Actualmente es un jardín en el que destaca el estanque de agua salada que entra desde la bahía de Tokyo.


La gran atracción del lugar, en mi opinión, era el islote en el medio del estanque. Una preciosa casa de té desde donde se puede degustar una tacita de matcha acompañada por un dulce tradicional por 620 JPY cada uno. ¿Qué creéis que hicimos?




No esperéis de estos sitios una gran ceremonia al estilo tradicional. Al entrar nos dieron unas instrucciones con los pasos, más para curiosos. Después de pedirlo viene la camarera quien nos deja la bandeja y nos hace una reverencia, para posteriormente dejarnos solos.

Los pasos -si no recuerdo mal- consistían en lo siguiente: primero hay que comerse el dulce para dar al paladar un sabor dulce, a continuación se toma la taza y se la deposita sobre la palma de la mano izquierda, entonces se le da dos vueltas para admirar los dibujos de la taza. Finalmente sujetando la taza con la mano derecha se bebe su contenido.

  

No son malas vistas desde la casa del té.

Después de estar por la zona de Tsukiji tocaba ir al norte, al bario de Ginza donde comeríamos y pasaríamos la tarde. Este es un barrio famoso por sus tiendas y por haber sido el primer barrio comercial de Tokyo. Vamos con todo lo bueno, bonito y caro.

      

Por el camino nos encontramos con uno de estos edificios famosos por la originalidad de su propuesta que más de una vez en la carrera alguien lo tomaba como referencia a la hora de hacer un diseño en plan prefabricado: la Nagakin Capsule Tower (foto izquierda).


Una compañera del curro me recomendó comer bajo un puente situado en los alrededores de Ginza, en locales bajo las vías del tren así que allí fuimos. La mayoría eran sitios de sushi y tras el desayuno preferíamos dejarlo otro día así que fuimos a un coreano por la curiosidad, salió barato (1800 JPY los dos).


Una vez comidos a patear el barrio para pasar la tarde viendo tiendas y centros comerciales. De hecho aprovechamos para comprar té Matcha en una tienda que nos había recomendado la casera de Kyoto y que no nos dio tiempo a comprar: El Ippodo.



¿Sabéis lo que mola encontrarte cosas frikis así como que no quiere la cosa?, sin buscarlas, pos nada se me antojó un matcha latte que compré ya preparado en un combini y a la salida sorpresa: estatua de Godzilla. Es una chorrada pero esas cosas le emocionan a uno xD.

                      


Al ponerse el sol, tras pasear por la zona y verla iluminada pusimos rumbo a nuestro siguiente destino comercial: Las Roppongi Hills. Una especie de ciudad comercial en la que se integran edificios de apartamentos, centro comercial, oficinas, hoteles y otros usos. Tenían hasta una araña como la del guggenheim, del mismo escultor vamos.


Desde allí se veía lo que en su día fue la torre más alta, la Tokyo Tower, ahora ha sido remplazada por la Tokyo Sky Tree. Sin embargo salvo por la curiosidad no os recomiendo que os acerquéis hasta allí pues lo que se puede visitar, no deja de ser un centro comercial más.

Algunos vienen hasta aquí para ver la Tokyo City View, que es un mirador en lo alto de la torre, sin embargo más adelante, en otra entrada, os contaré una alternativa mucho mejor.

        


Lo sé, ir a Japón para ir a un McDonald, pero me arrastraron y hay que ceder a veces... ¿Cómo es un McDonald japonés?, pues no muy diferente de uno de por aquí, por supuesto me pedí todo lo raro y exótico que hubiera para allá como la Fanta de Uva y una hamburguesa con salsa teriyaki. ¿La fanta? un sorbo está bien, dos también pero al tercero estás harto, jajaja.

La noche aún era joven aún con el madrugón, teníamos tiempo y había que darle un último homenaje a la noche, y Shibuya estaba a sólo media hora a patita, allí nos fuimos a conocerlo aunque habíamos reservado otro día para verlo en profundidad.



En la próxima entrada que hable de Shibuya, os presentaré a Hachiko.

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Darío Palacios

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