Día 15: Tokyo (Akihabara, Asakusa y Ueno)

Este día era un día largamente esperado, no por lo que íbamos a ver, si no por lo que íbamos a vivir. ¡Sí, hablo del Hanami!


Sin embargo me estoy adelantando, que es gerundio. Y debo empezar por el principio: el barrio de Akihabara. También conocida como el barrio friki o el barrio de la electrónica. En mi opinión era un barrio muy curioso, bastante atípico pero que a mí me decepcionó al no encontrar en éste lo que me imaginaba.

¿Significa esto que no merece la pena ir? Nada más lejos de la realidad. Sin embargo como veo que estoy divagando mucho y mareándoos voy a ir al grano…


             

Aquí nada más salir de la estación, empiezas a darte cuenta de que estás viviendo otra cosa, un sitio que nada tiene que ver con el Japón más tradicional, ni con el Japón moderno, tampoco se parece a los barrios más estridentes y coloridos que abundan en las calles de las grandes ciudades. 

Lo primero que empiezas a ver son varias tiendas de cosas otaku, recuerdo especialmente una sobre Gundam por haberlo visto un par de días antes en Odaiba. Conforme te vas alejando de la estación, los edificios van ganando en colorido y sus fachadas empiezan a estar cada vez más recubiertas de carteles de colores chillones mostrando personajes y criaturas de mundos que sólo aparecen en el papel; para acabar cristalizando todo esto en una calle principal en la que miraras donde mires ningún edificio era anodino: el Don Quijote (una especie de tienda en la que venden de TODO, no es coña, allí lo conocen más como Donki), el edificio de Sega o Taito Station (ambos de recreativas) eran algunos de los más identificables, los más anónimos tampoco pasaban desapercibidos al estar forrados de personajes de formas redondeadas o incluso de fotos de las ‘sirvientas’ en el caso de los maid café


El mejor plan que hacer por aquí, hacer algo de shopping y visitar las tiendas de recreativos, y si a alguien le llama, puede probar un maid café. Nosotros tras el barrido de rigor en Donki, nos decantamos por la Taito Station. Lo de las recreativas aquí está a otro nivel. Tras visitar todos los pisos, terminamos en el sótano para hacer un purikura (una especie de fotomatón en el que te sacas una postal con tantos efectos que pareces un marciano xD). El antojo no fue mío ehhh. 

Al visitar Akihabara resulta imposible no acabar conociendo el fenómeno AKB48, éste es un grupo de idols / cantantes / actrices / loquesea que básicamente lo petan en Japón. Tienen varios grupos (algo así como las divisiones del futbol) y todas aspiran a formar parte del primero con ayuda de los fans, quienes las apoyan votándolas mediante la compra de merchandising. De hecho cuando estuvimos allí había una pedazo cola, no sé para qué, enfrente del Donki (en su última planta está el AKB48 café), en cuanto abrieron no osamos subir por si las moscas xD. 



¿Y el barrio de la electrónica? Pues todos aquellos aficionados a la electrónica en general tienen aquí su meca: todo tipo de comercios mucho más discretos que los anteriormente descritos, en los que vendían componentes o artilugios retro. De hecho, como curiosidad deciros que surgió como un mercado negro tras la segunda guerra

Os preguntaréis, ¿por qué me decepcionó? Básicamente tras todo lo que había leído, me imaginaba una especie de meca del frikismo otaku en la que te vendían de todo, como si todo lo habido y por haber saliese y volviese a este lugar, sin embargo de un vistazo más rápido sólo ves cosas más contemporáneas, así que si pensabais en regalar algo de un ánime de vuestra infancia, me consta que hay sitios mucho mejores. Por ejemplo, yo me compré un manga de Doraemon (sé que es para niños, ilusiones de uno) a modo de souvenir y lo tuve más fácil en Shibuya que aquí.


¿Y de comer? Otra vez en un kaitenzushi, en esta ocasión, uno que se encontraba junto a la estación de Akihabara mucho mejor que el de Shinjuku. Aquí cada color de plato tenía un precio, como suele ser habitual, si te cobran igual por el atún que por la tortilla, ¡huid insensatos!


Lo siguiente era ir a la cercana zona de Asakusa, situada a orillas del Sumida-gawa. Enseguida se reconoce la zona por la torre más alta de Tokyo, la Tokyo Sky Tree. Esta construcción salvo que se vea desde la orilla del río contrasta de sobremanera junto a las construcciones más tradicionales que se pueden apreciar en este barrio.


Sin embargo aunque esté bien ver esa imponente construcción no fuimos allí buscando un mirador, si no hacer la única visita de templo que hicimos en la capital del país del sol naciente, hablo del Sensō-ji. El edificio como tal no tenía nada especial tras haber visto todos los que habíamos visto, incluso por algún evento que hubiera aquel jueves, estaba todo el entorno lleno de sobremanera. ¿Por qué os recomiendo su visita? Porque es uno de los pocos templos en el cual puedes pedir el omikuji y éste está además de en japonés, en inglés (uooooooh).


Y me diréis qué es el ominosequé este y para qué quieres hacerlo. Es una de las muchas costumbres que tienen los nipones en sus templos y santuarios. Su traducción literal sería algo así como 'lotería divina' la cual consiste (previo pago de 100 JPY) en coger una varilla de bambú al azar de un estuche hexagonal. Esta tiene un número en caracteres japoneses, a continuación toca buscar en el cajoncito con el número y ver cuál será tu fortuna. Un coñazo la explicación, ¿verdad? Dentro fotos:



¡Definitivamente, por esto no me ha tocado al lotería! Mala suerte me tocó, según me consta hay varios grados de mala suerte y lo mismo con la buena suerte. También es costumbre, si te toca mala suerte atarla allí cerca en el santuario en un espacio reservado a tal fin para alejarla de ti (fijaos si me he alejado del papelito que me he ido al otro lado del globo). Si la dicha es buena está la opción de llevarla encima para que te suceda, o bien también atarla allí para que el efecto sea aún mayor, ¿no hay una contradicción por aquí?.



Si leéis el texto veréis que dice algo así como, si quieres ver la luna, ésta estará oculta por las nubes, me reí primero pero luego dije, mierda... ¡El Fuji! Fuera fuera.


Si un lado del Sumida era espectacular, con edificios antiguos y cerezos; el otro, bueno el otro además de la torre tenía una caquita deluxe. Sí, una caca de oro. ¿No me creéis? 


¿Sabéis qué es lo mejor del asunto? que también los japoneses lo llaman así. Esta pareja de edificios es el Asahi Beer Hall. Si no la conocíais ahora ya os imaginaréis que la Asahi es una cerveza japonesa. Pues si la parte dorada es una antorcha con su flama dorada (me ha costado llamarlo así) lo de al lado, ¿qué os imagináis?... Se supone, y digo que se supone porque nadie lo ve hasta que se lo dicen, que es un vaso de cerveza bien tirada con su espuma arriba... Tela, pero la anécdota mola.

Nos quedamos dando una vuelta a lo largo del Sumida-kōen (foto inferior izquierda) donde nos percatamos de una historia: además de los japoneses que iban cogiendo sitio como ya os imaginaréis, con cuerpo presente... También vimos algunos sitios sin japoneses pero que estaban reservados. ¿Cómo? Extendiendo la esterilla de plástico ocupando el sitio y santas pascuas. Haces eso en España y lo primero te quedas sin la estera y lo segundo sin sitio. Desde luego que si se habla de educación y amabilidad en Japón no es en vano.

             

Los flores ese día estaban espectaculares lo cual vaticinaba un gran final de aquel día, y viendo cómo se estaba llenando el Sumida-kōen no tardamos en poner rumbo al Ueno-kōen. Uno de los parques más célebres para ver el hanami, si hacíamos algo, ¡había que hacerlo a lo grande!

La foto de arriba a la derecha era un must que busqué nada más llegar al parque. Se trata de Saigō Takamori. ¿Quién? El último samurái, su vida inspiró la película protagonizada por Tom Cruise.



Hasta ahora donde había visto a los Japoneses más al natural y desinhibidos era en los izakaya, tenéis que verles también bajo los cerezos en flor. Por supuesto no íbamos a ser menos así que nos pillamos nuestra bebida (Asahi en mi caso :-p ), una estera de plástico y a vegetar.

             


Además para relajarse, pasarlo bien y todo eso, resulta muy instructivo vivir algo así, desde luego dio para varias anécdotas. Os contaré un par que me resultaron muy curiosas:

En una de estas en las que íbamos a por avituallamiento, me percaté de la existencia de un vagabundo buscando algo que llevarse a la boca en unos contenedores los cuales eran de reciclaje sin embargo esta no es la anécdota. El caso es que mientras buscaba algo que llevarse a la boca, en orgánico, se percató de la existencia de una botella de plástico, la tiró asqueado, y tras comprobar que la había tirado en papel, dejó de hacer lo que hacía para volver a colocarla en envases. ¡Ahí es nada!


La segunda anécdota que me viene a la cabeza fue con esta foto superior que hice inocentemente buscando reflejar toda la gente que había y lo bonito que estaba todo. ¿Os fijáis en los salaryman de la izquierda? Estuvieron preparando todo y esperando, ¿a sus amigos? Dos horas después apareció toda la empresa y estuvieron sirviéndoles. Vamos que debían de ser los novatos o los becarios y allí tienen muy arraigado conceptos como veteranía o rango.


Como vimos en Kamakura, Ueno también tenía sus puestos de comida a los que atacábamos cada vez que necesitábamos algo. A esta imagen le quitas los ojos rasgados, las flores y los caracteres nipones y podría ser la fiesta de La Paloma en La Latina.


Si podéis, y tenéis la oportunidad tenéis que vivir un hanami. Una actividad que cada uno vive a su manera, para unos será la contemplación de la belleza de lo efímero, efímero como la vida y breve como un haiku. Para otros será una una actividad social con la familia, amigos o compañeros, un buen momento para dejar atrás formalismos y mostrarse tal y como son. ¿Para mí?, simplemente era Japón.





Darío Palacios

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