Día 4: Tiergarten y Potsdam

El cuarto día lo empezamos en el parque de Tiergarten -un auténtico pulmón verde en medio de la ciudad de Berlín como puede ser el Retiro en Madrid-. La razón por la que empezamos aquí es porque habíamos leído que los sábados y domingos por la mañana había un mercadillo en los alrededores de 'La Columna de la Victoria'.



¡Mentira! Nada más lejos de la realidad, o al menos nosotros entre las 10 y las 11 de la mañana no vimos nada. ¡Por cierto! Esta columna se erigió para conmemorar las diferentes victorias en el campo de batalla de Prusia en y que supusieron la reunificación de Alemania en el siglo XIX. En definitiva lo que constituyó el II Reich.

Como no había mercadillo, aprovechamos para conocer el parque y sus alrededores. Resulta que este parque no tiene un origen muy diferente de la inmensa mayoría de las grandes extensiones de zonas verdes que nos han llegado hasta la actualidad. La nobleza prusiana utilizaba estos parques y jardines para la caza, la cosa cambió cuando en el siglo XVIII se ajardinó el mismo y se destinó para el disfrute de los berlineses.


Además de la 'Columna de la Victoria' y las propias extensiones verdes tenemos el 'Monumento Soviético'. Cuando Berlín cayó en el año 1945, el primer ejército en llegar fue el ruso. Para conmemorar su victoria construyeron este monumento que, paradójicamente, acabó en el Sector Británico de Berlín. Este monumento a pesar de encontrarse en suelo capitalista siempre ha pertenecido a los rusos y por tanto ha estado custodiado hasta que en el año 1991 éstos entregaron el monumento a la ciudad.


Después de esta visita matutina tomamos un tren en Zoologischer Garten que nos dejó 40 minutos después en Potsdam, capital del estado federado de Brandeburgo. Además de por su pasado como lugar de palacio de la nobleza prusiana, también fue el escenario de la Conferencia de Potsdam, donde se decidió el destino de Alemania una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo la visita de esta ciudad nada tiene que ver con una retahíla de hechos históricos así que no os asustéis. Para cuando llegamos el hambre hizo acto de aparición así que escogimos uno de los innumerables restaurantes con terrazas de la Branderburger Strasse. No es el mejor lugar donde comer pero era una parada técnica obligatoria.


Al final de la propia Branderburger Strasse se encontraba la puerta del mismo nombre. Sí, ellos también tienen su propia puerta de Brandeburgo, de hecho aunque menos impresionante es anterior a la de Berlín.

El resto de Potsdam se puede resumir en palacios, palacios y más palacios, sin embargo antes de hablar de alguno de ellos me gustaría hablar de una cosa que advertí en la propia isla de los museos y en Potsdam. Y es que por algún afán historicista, están construyendo palacios de la época prusiana. Algo así como si ahora nos pusiéramos a construir una catedral gótica que hace 200 años se hubiera destruido... ¿No pega no? Encima era ver muros de ladrillo y delante de ellos el material de la fachada que vemos.


Cerrando el paréntesis, os presento el Palacio Sans Souci (arriba), lugar favorito para el retiro de Federico II, el Grande, rey de Prusia. Éste es en mi opinión el más impresionante de todos los los que hay en el complejo palaciego de Potsdam, y es que la escalinata flanqueada de jardineras que da acceso al mismo es preciosa.

En los alrededores de éste se encuentra un molino de viento holandés pintoresco que no pasa en absoluto desapercibido. En realidad se trata de una reconstrucción ya que el original fue destruido en 1945. 


Los otros dos palacios, tanto el el 'Palacio de la Orangerie', mandado construir por Guillermo IV, el romántico; como el 'Nuevo Palacio de Potsdam' los disfrutamos menos. Tal vez se debiese a la saturación palaciega que llevabamos entre aquel día y el anterior. No obstante entre estos dos hermanos del Sans Souci me quedo con el primero que es el que veis a continuación:


De un tamaño menos imponente pero aún más impresionante es el 'Pabellón Chino' -también de Federico I el Grande- que se construyó en su momento a modo de 'casita' del te para decorar los jardines. 

Llama la atención la moda del momento, esa combinación del estilo recargado de finales del Barroco en combinación con una interpretación occidental de los motivos orientales. Tal vez fuese por albergar tanta belleza en un espacio reducido, fue lo que más me gustó de aquel día, y eso que no me suele gustar la arquitectura tan recargada.


Y para terminar tuvimos la mejor noche posible en la Plaza de París y es que todo el tinglado que había por ahí montado afeando la Puerta de Brandenburgo tenía una razón de ser y es que con motivo de algún hecho histórico aquel 19 de Julio (caía en sábado así que la fecha debía ser cosa irrelevante) se estaba celebrando un acto franco-alemán en el que había mogollón de puestecitos con gastronomía y bebida típica de cada país. 

A la hora que llegamos los franceses prácticamente estaban cerrando así que de cabeza a por los perritos y la pinta de Schofferhofer. Una pena haber llegado tan tarde porque la hora que estuvimos mereció la pena.



Darío Palacios

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