Día 2: Núremberg y Rothenburg ob der Tauber

Aunque Múnich fuese el destino que nos hizo emprender este viaje, no se trataba de nuestro único punto de interés. La región de Baviera se caracteriza precisamente por tener muchas localidades que nada tienen que envidiar a la capital Bávara. Una de las mejores formas de hacer estas escapadas de un día es con el billete de tren de un día, el cual es una especie de pack/oferta que pueden aprovechar hasta 5 viajeros. Si os interesa tenéis más información aquí.

Nuestro primer destino de este día fue Núremberg, ciudad que ha pasado a la historia por los procesos del mismo nombre. Una serie de juicios por los cuales los vencedores de la Segunda Guerra Mundial procesaron a diferentes miembros y seguidores del partido Nazi. Una forma de imponer la victoria no sólo militar, si no también moral. Pues muchos de los crímenes de guerra se replicaron en ambos bandos aunque convenientemente la historia tiende a ponerse del lado de los vencedores.

Tras haber visitado esta ciudad he podido comprobar cómo el haberme quedado hasta el momento con sus dos imágenes más conocidas: la anteriormente descrita y por ser uno de los mejores mercados navideños de Alemania; es un craso error. Especialmente tras haber podido comprobar que esta ciudad poco tiene que envidiar a la capital bávara. 

Al llegar a esta ciudad lo primero que nos dio la bienvenida fue su muralla medieval, tras flanquearla por Königstrasse con la timidez de alguien que no sabe lo que se va a encontrar, nos encontramos de frente con la Frauentorturm (torre de las mujeres) la cual daba la bienvenida a un reducido espacio en el cual se han habilitado sus calles interiores como si las de un mercado medieval se tratasen.


Pasamos de largo para encaminarnos al centro hasta que llegamos a uno de los puentes que cruzaban el río Pegnitz. Por el camino el paisaje fue mutando lentamente y adquiriendo tintes románticos para cristalizar en  la primera postal que vimos: el Museumbrücke (arriba).

No muy lejos de allí se encontraba la Plaza central de la ciudad -y la que suele acoger el mercado navideño de Núremberg-. En uno de sus lados se alzaba la imponente Iglesia Católica de Nuestra señora de Núremberg. Al igual que su prima de Múnich, ésta también contaba con un carrillón que mostraba al Rey Carlos IV sentado en su trono mientras toda la corte le juraba lealtad. 

               

Menos austera aunque no funcione es la Schöner Brunnen (Fuente Hermosa), una fuente del siglo XIV que recuerda inevitablemente a una de las agujas propias de las torres góticas. Como en todos los sitios con un mínimo de afluencia turística que se precien, cuenta en su enrejado con un anillo giratorio de latón el cual hay que dar la vuelta una vez para que de suerte. 

A partir de aquí iniciamos un ascenso al castillo -el cual se situaba en la parte más alta de la ciudad- a lo largo del cual fuimos sorprendidos una y otra vez con cada vez más edificios y calles singulares. Allá donde mirábamos algo que no pasaba desapercibido nos devolvía la mirada.


               

Todo esto cristalizó en la vista desde lo alto de la ciudad. Si las fachadas tenían mucho que contar sus tejados no eran menos. 


La arquitectura y el urbanismo del centro de Europa no es como la del resto de Europa. Esto tal vez se deba a ese carácter único y que a su manera comparten España y los países que componían el Sacro Imperio Romano-Germánico. Ambos vivieron una Edad Media atípica que nada tenía que ver con la del resto de Europa.

En cuanto divisamos el castillo, lo primero que nos dio la bienvenida fue su nada desdeñable torre. En su interior nos decantamos por visitar tanto la zona palaciega -el único área visitable- como la propia torre. Ambos por 7€.


Este castillo -como prácticamente todas las ciudades alemanas- fue víctima del bombardeo aliado durante la Segunda Guerra quedando la torre en pie. Esto último para tener los puntos de referencia de sus objetivos.



Aunque Núremberg bien merecía su día entero -madrugón mediante- decidimos sacrificar parte de este día y encaminarnos a nuestro siguiente destino no sin antes callejear intentando descubrir las sorpresas de la ciudad y sin perdonar la pinta reglamentaria alemana. 

Durante este callejeo descubrimos el impresionante hall del Ayuntamiento el cual no visitamos porque teníamos otras prioridades. 


Y fue en el camino de vuelta cuando aceptamos la bienvenida que nos daba "La torre de las mujeres" que habíamos visto nada más entrar. Aun con su aspecto de decorado uno no deja de sentirse que está protagonizando un cuento de los hermanos Grimm.


Aquí es donde debo hacer una pausa para hablaros de los trenes alemanes. Si tuviéramos que hacer un símil español, todos los que usamos en este viaje serian como nuestros cercanías los cuales además tenían una ventaja y es que misteriosamente todo transbordo parecía haber sido pactado para tener unos 5 minutos de espacio entre trenes. 

Algo inmejorable para el aprovechamiento que no tardó en volverse en nuestra contra. Y es que mientras íbamos a Rothemburg ob der Tauber teníamos dos transbordos y al primero llegamos 10 minutos tarde porque por alguna razón desconocida -de hecho no se oyó nada por megafonía- nos quedamos parados 10 minutos. Claro, el siguiente no salía hasta una hora después y sin nada que hacer -y una vez superado el cabreo- decidimos hacer de tripas corazón y hacer una visita express a aquel sitio al que habíamos ido a parar. 



                       

Ansbach creo que se llamaba aquel pueblo al que tardamos en llegar a su centro unos 10 minutos. Como veis al final resultó ser todo un descubrimiento y confirmamos que en efecto la inmensa mayoría de los pueblecillos por estos lares tenían este estilo propio del romanticismo Alemán. 

Una vez superado ese traspiés nos volvimos a poner en marcha -esta vez sin incidentes- rumbo a Rothemburg ob der Tauber. Otro pueblo al que queríamos ir sacrificando para ello horas en la impresionante Núremberg.

Hablar de este sitio es como hablar de Óbidos en Portugal, Brujas en Bélgica, Shirakawa-go en Japón o Pedraza y Patones de Arriba en el centro de España. Es decir pueblos que con la ayuda de unas normativas urbanísticas muy restrictivas han mantenido una fisionomía propia del pasado convirtiéndose en una especie de pueblo-museo. 

Para disfrutar de estos sitios conviene intentar evitar las horas punta -yendo para ello a primera o última hora-. Esto se debe a que no dejan de ser sitios que viven por y para el turismo en los cuales si rascas la superficie ves que no hay mucho más allá de eso. No obstante su visita no deja de ser una experiencia por su capacidad de transportarte a otro tiempo cuando no coincides con la marea humana propia de estos sitios.



              

Mi consejo... Centraros en Núremberg si queréis hacer escapada de un día. Ella sola bien merece un día entero tanto para disfrutarlo tranquilamente como si sois de ver todos y cada uno de los elementos singulares... Y si tenéis tiempo y queréis visitar Rothenburg ob der Tauber haced noche en Núremberg y así tendréis un día mucho más aprovechado que el nuestro. 



Darío Palacios

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