Día 2: La ciudad prohibida y la colina del carbón

Esta vez no íbamos a perdonar la visita a la Ciudad Prohibida así que en cuanto nos despertamos fue lo primero que hicimos. 


Y lo primero con lo que nos dimos de bruces fue con una gran masa de chinos que hacían cola para visitar el Museo del Palacio -este es el nombre por el que se le conoce en China. Una forma de despojar a este entorno de su carácter imperial, asimilándolo así a la Revolución Cultural-. Tocaba tener paciencia e ir esperando a que la cola avance.

Como inciso deciros, una vez en casa, que es increíble cómo nunca te terminas de acostumbrar a la gran cantidad de gente que puede llegar a agruparse en según que puntos. Incluso el penúltimo día, estando como estábamos acostumbrados a las multitudes de Beijing y Shanghai, fuimos una vez más apabullados como ya os contaremos...


Tras varios minutos sintiéndonos como si estuviésemos en una lata de sardinas sobre una cinta transportadora, finalmente accedimos al interior del recinto.

Hay algunas páginas y blogs que invitan a enseñar una tarjeta del videoclub -o de lo que sea- haciéndolas pasar por tarjeta de estudiante para tener descuento en la entrada. Si no lo son, o no lo parecen no lo hagáis. Son muy desconfiados y usarán el traductor de turno para comprobarlo. De hecho en Pingyao (de la que ya os hablaré) me tuvieron media hora esperando para comprobar la autenticidad de una tarjeta que acreditaba una discapacidad.

Con la entrada en mano tocaba volver a pasar otro control de accesos para finalmente entrar en el conjunto palaciego. Un lugar al que entonces nadie podía acceder si no contaba con el permiso expreso del Emperador de China (o sus consejeros) y que a la vez -al menos en mi opinión- era también una cárcel de oro del propio Emperador, al tener que desarrollar la totalidad de su vida en su interior sin poder salir. De hecho esto también pasaba durante Shogunato de Tokugawa en el Palacio Imperial de Kyōto.


Este lugar lo conforman una sucesión de grandes plazas delimitadas por edificaciones en sus cuatro extremos, las mismas, conforme el visitante se va adentrando en su visita, van adquiriendo un carácter más intimo al tiempo que se reducen en extensión y se multiplican para dar pie a numerosos espacios de un carácter más privado para el residente de este lugar y su corte.

El primer espacio es tal vez el más espectacular y bonito, sea por los cinco puentes con forma de media luna que cruzan el río que divide la plaza, o tal vez por ser la primera de esa larga sucesión que a la larga va perdiendo en espectacularidad por antojarse repetitivo por momentos. Yo personalmente he preferido espacios menos megalómanos y más intimistas y esto es precisamente lo que no tenemos en la Ciudad Prohibida.



Durante mi visita no tardé en llegar a la conclusión de que hay dos formas de visitar este espacio -y otros muchos claro está- la primera consiste en trazar una línea a lo largo del eje que une las plazas más importantes e ir pasando entre las diferentes plazas al mismo ritmo que el de la marabunta, deteniéndote únicamente para hacer las fotos de rigor que acrediten tu presencia en el espacio. 



Y la segunda opción, que consiste en tomártelo con calma e ir bordeando el perímetro de cada una de las plazas huyendo de esa fila de lemmings que parecen tener prisa por llegar a la salida. Asusta la diferencia entre la cantidad de gente que te puedes encontrar de una forma o de la otra.



Por todos los lados se ven multitud de ollas de grandes dimensiones las cuales servían entonces para almacenar agua. Los incendios eran una constante y con la madera el riesgo se multiplicaba así que estas ollas tan características se encontraban repartidas por todo el complejo imperial a modo de extintor de época. De hecho durante el invierno los guardias montaban hogueras bajo éstos para evitar que el agua se congelase.
  


Como se dijo al principio de esta entrada, los espacios con el tiempo se van volviendo más intimistas y menos extensos al no buscar esa demostración del propio poder del Emperador. Esta foto que veis a continuación pertenecía a la -creo- penúltima plaza de gran tamaño en cuyo interior se encontraban varias edificios que alojaban diferentes tronos para recepciones de funcionarios del gobierno.


               


Y ya en su tramo final aparecen unos accesos laterales que dan a unos corredores los cuales rodean el eje de plazas que hemos estado visitando, dando así acceso a las áreas privadas de la residencia imperial: harenes, alcobas, templos o jardines por citar algunos.

Para terminar con la Ciudad Prohibida sólo restaba contemplarla desde la vista más privilegiada: desde la cercana Colina del Carbón. Este parque con un nombre tan característico -del que ya hablaremos- contaba un horario de cierre más laxo así que lo postergamos hasta el final del día para tener así un doble premio con el atardecer de la capital china.

Así que nuestra siguiente parada eran las torres hermanas del Tambor y de la Campana, próximas a los hutong. El plan original no incluía esto sin embargo el Templo del Cielo, mucho más espectacular, pillaba a desmano en comparación. Si conseguís apañaros para visitar la Ciudad Prohibida en el primer día, o el no menos espectacular Templo del Cielo podréis cuadrar lo esencial de la capital china en tres días.



La torre del Tambor y la de la Campana se encuentran presentes en todas las antiguas ciudades de China. Ambas servían para marcar el paso del tiempo al estilo de los campanarios en occidente: el amanecer se avisaba con el repicar de la campana mientras que el atardecer con los tambores de la torre próxima.

Desde que el Emperador abandonó la Ciudad Prohibida dejaron de usarse estas torres. La excepción la supone la Torre de la Campana en la que a ciertas horas hay una exhibición de percusión, así que si os informáis podéis cuadrar la hora. Por nuestra parte pasábamos de esperar una hora para eso.


La torre de la Campana, por el contrario, ha permanecido muda desde entonces. Como su nombre indica alberga una campana de bronce de gran tamaño, la más grande de estas características, cuyo sonido dicen que puede alcanzar los 20 kilómetros.

No son la mejor visita que puedes hacer en esta ciudad sin embargo como quien dicen... Pasábamos por ahí jaja.


La comida en China no va todo de arroz y fideos, estas opciones son las más económicas de hecho, sin embargo si rascas un poco el bolsillo te encuentras con platos de carne de lo más variopinta. Dicen que en la variedad está en buen gusto y la suya puede llegar a incluir hasta corazón de ternera si te pones, para que digan luego que del cerdo se comen hasta los andares. 

Sin embargo como somos de arriesgar poco, nos decantamos por unos filetes marinados en algún tipo de salsa los cuales te los freías al gusto. 


Con el apetito saciado, fuimos a visitar el segundo templo que teníamos en nuestra lista de must be de la capital: El Templo de las Lamas, el templo budista tibetano más importante fuera del Tíbet.

Formado por una gran sucesión de pabellones que se van sucediendo uno tras otro rodeados de un gran muro que agrupaba al conjunto. Entre grandes nubes de incienso fuimos trazando el recorrido hasta su final, donde se dedicaba la última de las construcciones a un Budha tibetano el cual poseía el récord de ser la talla de madera, de una sola pieza, más grande del mundo.

Durante el mismo se podía apreciar la cantidad de detalles y colorido que impregnaba las pequeñas construcciones, al igual que las propias figuras a las que estaban dedicadas. Resulta curioso el cómo lo que en todo el mundo lo definiríamos como hortera, en China lo clasificamos simplemente como 'recargado'.



Al entrar te daban un conjunto de 'varillas de incienso' para que fueses haciendo una ofrenda a los altares que quieras. Lo entrecomillo porque el olor distaba de ser agradable como recuerdo al incienso, si no que más bien olía a madera quemada. ¿Incienso chino, o incienso low-cost?


Para mí uno de los mayores placeres consiste en descubrir las cosas de manera casual, y así fue como llegamos al Hutong de Wudaoying. Salíamos del Templo de las Lamas rumbo a la Colina del Carbón cuando nos fijamos en un edificio un tanto característico. 

Y lo que comenzó por ser atraídos por un museo en cuya fachada aparecían varios ladrillos con personajes famosos orientales y occidentales (según mi teoría donantes que ayudaron a su construcción) acabó convirtiéndose en otro paseo por un Hutong diferente de los que habíamos visto antes.  

               

Un Hutong protagonizado por turistas, orientales y occidentales que se había convertido en una especie de recorrido tipo Chill out, en el que se vendían cervezas internacionales, cóckteles y gastronomía internacional entre los hostels y alojamientos que se sucedían a cada paso. 



El sol empezaba a tocar a su ocaso cuando, tras pasar brevemente por el hutong donde nos alojábamos, nos encaminamos a la Colina del Carbón. Detrás de este nombre tan extraño y atípico se encuentra una colina artificial la cual es el resultado del vaciado de las tierras para la construcción de la ciudad prohibida. 

Cuentan que esto se hizo de acuerdo a los criterios del Feng Shui para alejar los malos espíritus que provenían del norte, lo cierto es que también funciona como barrera natural para las ventiscas de polvo tan habituales en la zona. Fuera de lo que fuese barrera, a nosotros nos interesaba entrar en este parque para disfrutar de unas vistas privilegiadas de lo que habíamos estado visitando durante la mañana. 

Un buen lugar en el que sentarse y dejar que pase el tiempo mientras el sol se va poniendo dando así un descanso merecido a nuestros pies.



La oscuridad ya era casi total cuando salimos del parque por lo que no había mucho que hacer salvo cenar, habíamos fichado un sitio para comer pato laqueado. No era el más barato pero ya que íbamos había que hacerlo a lo grande.

Este es un plato típico de Pekín cuyo ingrediente principal es (obviamente) el pato, el cual se recubre de melaza para posteriormente asarle. Una vez asado se sirve primero la piel y posteriormente la carne fileteada acompañada de una salsa y encurtidos los cuales se envuelven en panqueques. Creo que fue el mejor plato que tomamos en nuestro viaje.




Darío Palacios

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