Día 7: El barrio musulman de Xi'an

Como ya indicamos en la entrada anterior, Xi'an tiene mucho que ofrecer sin embargo por razones obvias el principal atractivo que ha difundido internacionalmente no es otro que los guerreros de terracota. Sin embargo, os recomiendo quedaros al menos otra mañana en la que podéis visitar tanto el antiguo barrio musulmán así como las antiguas murallas que le rodean. 


Para comenzar el día decidimos empezar por lo que se encontraba más alejado y fuera de las murallas: la Gran Pagoda de la Oca. Para ello cogimos un autobús que salía desde la torre de la campana y le pedimos al conductor que nos avisase cuando había que bajar.

Aquí os haré un inciso a modo de curiosidad/comparativa de cómo era usar el transporte público en Japón y en China. En el primer país nos pillamos una tarjeta prepago y con Google maps poníamos nuestra ubicación y el destino; entonces el todopoderoso Google nos hacía un planning perfecto indicando número y nombre de paradas. ¿Y en China? Pues entre la censura y que no teníamos tarjeta de prepago tocaba poner pundonor y bajar la cabeza para que las hostias pasen rozando: osea preguntando y jugándosela; menos emocionante era la opción del taxi.

Tras una media hora finalmente llegamos a nuestro destino. Nos bajamos y vemos una cola kilométrica. Íbamos a colocarnos en nuestro sitio de la cola cuando advertimos que en la entrada ponía: "Museo de Xi'an". Mal asunto.

Miro en la app móvil de la que os hablé (maps.me) y utilizando el buscador nos manda bastante al norte, fuera de las murallas pero no tan al sur como nos encontrábamos. Nos resignamos y empezamos a subir sin perder de vista lo que la ciudad nos iba mostrando por el camino. Fuera de los puntos de interés era una ciudad moderna y muy abarrotada, por supuesto con sus atascos de rigor. Del extramuros no recuerdo nada especialmente interesante en el camino salvo una calle que estaba llena de pajarerías y tiendas de mascotas en las que las criaturas se encontraban enjauladas en celdas de poco más su tamaño. Además de por ese detalle me llamó la atención porque me recordaba a las antiguas calles medievales en torno a las cuales, los que eran del mismo oficio se agrupaban.


Finalmente llegamos a nuestro destino, y qué casualidad que le vimos al pasar con el autobús. Nos recibe con un cartelito de Patrimonio de la UNESCO acompañado por un logotipo que indica Xi'an Museum, por ese detalle pasamos de largo. 

Llegamos a la conclusión de que todos los edificios públicos estaban amparados por los mismos entes que llevaban el museo de ahí su cartel que inducía a confusión. Pagamos billete (30 CNY, 15 si eres estudiante. Aquí no lo miraron nada así que hasta la tarjeta del videoclub colaba), entramos y nos encontramos con una pagoda cuanto menos interesante, pero nada familiar.


Entonces fue cuando nos dimos cuenta que nos habíamos metido en la Pequeña Pagoda de la Oca y que donde queríamos ir era la Gran Pagoda de la Oca. Una diferencia sutil que no lo es tanto si lo normal es encontrarlo como Gran Pagoda del Ganso Salvaje (punto negativo a la Lonely y muchos diarios de viaje). Ahí fue como nos falló la búsqueda en nuestra app con los mapas de China.

Para que las tengáis identificadas: la Pequeña Pagoda y a la que fuimos se encuentra al norte del Museo de China, mientras que la segunda a 20 minutos de donde nos dejó el autobús.


El asunto estaba perdido así que no íbamos a bajar durante una horita pues aún teníamos muchos planes para sacarle jugo a la ciudad. Así que lo asumimos y nos centramos en disfrutar y descubrir lo que la Pagoda y su entorno tenía que ofrecernos.


La pequeña pagoda se construyó en torno al año 700 d.C. y constaba originariamente de 15 pisos. Varios terremotos la fueron derruyendo hasta que quedaron los 13 pisos con los que consta ahora. 

La pagoda tiene bastante encanto al suponer cierto frescor respecto de la arquitectura que habíamos visto hasta el momento. Sin embargo su mayor atractivo lo tenían los jardines que la circundaba por los que merecía la pena darse una vuelta tranquilamente rodeados de otros chinos que tomaron la misma decisión aquel día. Al final el error que cometimos no nos dejó un mal sabor de boca.


Visitar la Gran Pagoda era el único plan que teníamos fuera de los muros así que tocaba ir subiendo. Sabíamos que el autobús pasaba por allí pero no quisimos volver a jugar a la ruleta rusa, en su lugar fuimos subiendo tranquilamente a patita hasta que empezamos a vislumbrar nuevamente las murallas que circundaban el casco histórico de esta ciudad.

No era la primera vez que las veíamos. De hecho varias de las paradas de autobús que se encontraban próximas a la estación donde estuvimos el día anterior se encontraban divididas precisamente por esta misma muralla que ese día nos deleitaba con otro tramo mucho más atractivo. Y es que con naturaleza y jardines todo gana.

Así que fuimos bordeándolas descubriendo los rincones que nos ofrecía aquel paseo hasta que llegamos a una de las puertas de entrada.



No teníamos mucho tiempo por lo que lo desechamos, pero había un escenario improvisado al que se accedía desde la puerta Sur donde por la noche hacían actuaciones de las que -según las fotos que vimos- el colorido de sus trajes tradicionales era el gran protagonista.

No le dimos más importancia porque teníamos un plan mucho mejor en las orillas del río Li, en Yangshuo. Pero de esa historia ya os hablaré.





Y una vez más, pasamos junto a la Torre del Tambor de turno. Por si no lo recordáis tanto esta torre como su hermana Torre de la Campana, situada a pocos metros, marcaban el atardecer y el amanecer respectivamente.

No teníamos mucho interés en subirnos aunque se la presupone más relevante que la que conocimos en Beijing. Supusimos que veríamos lo mismo, si acaso más grande, así que pasamos de largo en dirección a donde se encontraba su hermana.


               



Ya esta Torre de la Campana suponía el cartel de bienvenida al Barrio Musulmán. Algo curioso de ver en una de las ciudades por antonomasia de Asia. ¿Qué sería lo que veríamos? ¿Alguna especie de Disneyland de la religión musulmana?

Pues curiosamente no, si tuviera que poner un adjetivo utilizaría más el de Fusión. Combinaba de manera curiosa lo que eran ambas culturas: bazares y productos propios de un todo a cien; puestos callejeros que lo mismo te vendían grillos de pelea como pan de pita; todo ello en calles anchas colmatadas de orientales como estrechas callejuelas con adarves. 





De no ser por los orientales uno pensaría que se trataría de un mercado en Marrakech; y era China en estado puro. Por ejemplo la primera foto de abajo eran jaulas de grillos mientras que la segunda era un dependiente preparando unos fideos para cocinarlos.

               

Esta fusión no sería posible de no ser por el elemento protagonista y necesario: la mezquita (25 CNY/p), ésta no escapaba de esta curiosa fusión cultural. Una forma de llegar a más creyentes, en lugar de imponer unos dogmas que podrían calar o no adaptas los dogmas de la fe a la cultura de cada país. Y así es como acabamos por tener esta mezquita que, por ejemplo, sustituía los tradicionales minaretes por las ya mas familiares pagodas.



Como todo edificio de culto, versículos del Corán se encontraban esculpidos en sus muros y sus frisos. 


A las 18:45 debíamos coger el avión que nos llevaría a nuestro siguiente destino: Guilin así que tras empaparnos de esta curiosa mezcolanza cultural volvimos a la Torre de la Campana donde escogimos un tumultuoso restaurante que se encontraba en los límites del barrio. 

Su plato estrella era el pan de pita con sopa sin embargo no queríamos reinventar la sopa castellana así que nos decantamos por platos más tradicionales: baos, un cuenco con verduras fritas y gyozas chinas (48 CNY).



¿Y para ir al aeropuerto? Sea por proximidad o porque fuera la mejor forma, nos recomendaron ir al Long Hai Hotel donde teníamos esta señal que no da lugar a dudas. Salen cada poco y cuesta 25 CNY.


En el aeropuerto anterior nos quitaron nuestro antimosquitos por ser un arma de destrucción masiva, vamos un aerosol que coló en 2 viajes pero al tercero dijeron que nanai. Nos vendieron el clásico tigre y dragón que cura todos los males pero de repelente no tenía nada y afortunadamente tampoco comprobamos si funcionaba como afterbite.

Esperando el avión se mascaba la tragedia: vuelos a Guilin retrasados por mal tiempo.


Afortunadamente quedó en un susto y salimos en hora, eso sí en Guilin estaba empezando a llover así que no salimos del Yangshuo Show Biz Youth Hostel donde nos alojábamos. Cenamos allí una especie de ensalada que acompañamos debidamente de su cervecita de rigor. La ensaladita de marras tenía entre otros ingredientes: jenjibre, cacahuete, pollo, pimiento, pepino y cebolla. Vamos una bomba para alérgicos que estaba riquísima por 75 CNY.