Día 9: La odisea de Yangshuo

El día anterior lo terminamos con una mirada de preocupación al cielo, el cual no daba tregua en su incesante lluvia. De hecho miramos el parte meteorológico y daban una previsión de lluvia ininterrumpida para los siguientes siete días así que la cosa no prometía.

Antes de seguir me gustaría explicar en qué consistía nuestro plan de los siguientes dos días. Yangshuo se trata de un pueblo situado a orillas del río Li, en torno al cual se ha desarrollado un sinfín de actividades que van desde pegarse un madrugón para asistir a la pesca del cormorán (descartada); a hacer lo que los locales llaman bamboo rafting que viene a ser un crucero por el río en barcas tradicionales de bambú; pasando por la posibilidad de alquilar una bicicleta para simplemente disfrutar del entorno natural del lugar que conforman las características colinas alargadas y redondeadas que acaban por recordar inevitablemente a las que aparecían en Bola de Dragón. Además el colofón final lo suponían unas entradas que reservamos desde España para un espectáculo de luces, en medio del río, dirigido por Zhang Yimou.

Como veis, muchos planes, algunos podrían contemplar alternativas mas otros debían ser cancelados. Además junto con el día que destinamos a los arrozales del Espinazo del Dragón eran los días que más ansiaba por vivir cuando planifiqué el viaje. 


De Guilin salimos con 15 minutos de diferencia dado que no había sitio para los dos en el mismo tren. Esperar esos minutos no serían un problema así que salí el primero y en lo que esperaba refuerzos me entretuve deleitándome con el anticipo gris que me ofrecían las escarpadas cumbres que rodeaban la estación. 

Llovía y el cielo estaba encapotado pero nada parecía presagiar ningún problema salvo el detalle de que nos estaríamos mojando y andaríamos con el poncho a cuestas.


¡Qué equivocados estábamos! Las ilusiones mueven el mundo pero no lo sostienen ni le dan forma. Nos encaminamos al exterior de la estación de tren y nos dirigimos raudos a la terminal de autobús que estaba justo al lado. Allí había mucha gente, mala cosa.

Normalmente habíamos cogido los tickets en los propios autobuses así que me puse a buscar la parada y ni rastro del autobús. Había un pesado que no paraba de seguirnos para intentar regatear pero le dijimos que no estábamos interesados. 

Volvimos a la estación de autobús para preguntar. En el mostrador de venta de tickets no estaban especialmente comunicativos, entonces vimos que había un puesto que ponía información en inglés y allí nos dirigimos. Fue así como el velo se fue desvelando y la tragicomedia empezó a representarse:

  • Nosotros: Muy buenas  queríamos pillar un ticket para Yangshuo.
  • Recepción: No somos de información.
  • N: ¿Eh?
  • R: Bueno es que llegamos hace unas dos horas y nos dijeron que la carretera está cortada porque se ha inundado por crecidas del río. El caso es que estamos esperando a ver si lo solucionan. Y aquí tenemos sillas y estamos más cómodas.
  • N: Madre mía. Gracias.

Tras unos pocos minutos de debate lo dimos por perdido, realmente nadie sabía cuándo se solucionaría, si se haría o si simplemente esperaban pacientemente a que las cosas se arreglasen. Podríamos esperar pero, ¿cuánto tiempo?, puede que consiguiésemos bajar pero a saber si luego no teníamos problemas allí o al subir. Recordad que tocaban mínimo siete días pasados por agua.

La solución estaba clara, dolorosa pero era obvia. Había que adelantar el viaje dos días e ir a Shanghai y rezar porque allí no hiciese malo. Al menos no estaríamos dos días encerrados en un hotel viendo las gotas de la lluvia caer.

Tocaba despedirse definitivamente de las montañas lamentando haber conocido únicamente al comité de bienvenida y comer lo que se pudiera. En este caso unos fideos instantáneos que preparamos con una de los surtidores de agua caliente gratuita que tenían en la estación.

Es habitual que os encontréis tanto en trenes como en estaciones grifos de agua caliente que dispensan gratuitamente agua caliente para este rápido aperitivo. La mejor forma de tener una comida rápida. 

Afortunadamente había tickets para ir de pie (20,5 CNY/pax), para media hora que duraba el viaje era asumible; y desde allí cogimos un taxi que nos dejaría en el aeropuerto (130 CNY). Los vuelos que cogimos en ctrip admitían modificaciones perdiendo un porcentaje del importe y abonando la diferencia (732 CNY los dos).

Cuando aterrizamos en Shanghai tomamos el Maglev (80 CNY/p ida y vuelta), un tren de levitación mágnética que se mueve a velocidades de récord. Una estupenda forma de ir adelantando el carácter tecnológico que tendría esta nueva ciudad, donde terminaríamos nuestro itinerario por el país del dragón.

El resto del día fue más mochilero que lo que se espera de un viaje planificado, principalmente porque tuvimos que ir negociando el alojamiento para las dos noches que acabábamos de ganar en esta ciudad. Por aquello de evitar movimientos probamos en donde teníamos contratado el hotel, no tenían para las dos noches, sólo para la primera. La segunda la pasaríamos en un hotel del mismo grupo. 


Ya estabamos en Shanghai donde podríamos quitarnos lastre y finalmente hacer algo interesante y no tan emocionante. Estábamos cerca del Bund desde donde tendríamos las inmejorables vistas de Pudong, dos zonas de las que hablaremos en las próximas entradas. 

Esa era la mejor forma de despedir aquel día que había terminado dejando un poso agridulce en nuestros labios, y qué mejor forma de terminar la entrada que con las fotos que tomé en aquel día, una muestra de lo que tendríamos en los siguientes cinco días.




Y ya para rematar sólo queda rescatar una noticia que me encontré a la vuelta, mirando por curiosidad, y es que estas cosas terminan por dar perspectiva al asunto: