Día 14: Hángzhōu

Originariamente no estaba en nuestros planes visitar Hángzhōu, sin embargo unas lluvias torrenciales nos obligaron a improvisar y modificar parte del viaje ampliando en dos días nuestra estancia en Shanghai.

Así que este popular destino turístico fue el elegido para suplir uno de esos días.


Tardamos una hora aproximadamente en llegar en tren desde Shanghai, y una vez en Hángzhōu tuvimos que coger otro metro que finalmente nos acercó al gran atractivo de esta localidad: "El Lago del Oeste".

Este lago, nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011, es un lugar bello que invita a ser recorrido atravesando sus puentes y deteniéndonos en aquellos lugares en los que nos apetezca estar para simplemente dejar el tiempo correr. Nosotros arrancamos desde la parte central del Este del lago y desde ahí empezamos a recorrerlo en sentido antihorario pasando primero por la pasarela de Bai y luego por la de Su, no sin antes curiosear un ratín en la Isla de Gushan.

Hay una segunda isla únicamente accesible en barca que no visitamos, la de Xiaoying.



En la entrada acerca de cómo tuvimos que poner tierra por medio con Yangshuo, os contamos que teníamos reservado un espectáculo de luces dirigido, entre otros, por Zhang Yimou. No pudimos hacerlo y nos planteamos como plan B visitar en su lugar su versión homóloga en Hángzhōu. Lo descartamos en favor de otros planes, sin embargo no pudimos evitar preguntarnos un: "¿qué hubiera pasado si...?" al pasar por el escenario montado sobre el río que tenían preparado. Sólo ver aquel despliegue nos ponía con los dientes largos.

Así que si alguno no tiene oportunidad de acercarse a Guilin o Yangshuo y le gustaría reservar entradas para ver esto, aquí tenéis la oportunidad. 




El contorno del lago da mucho de sí y tarda en visitarse unas cuantas horas. Como habéis podido comprobar, vimos numerosas pagodas de tamaño y aspecto desigual, puentes elevados sobre mares de vegetación mientras numerosas embarcaciones de diferentes estilos y siempre de aspecto colorido iban navegando por las azules aguas del "Lago del Oeste". También vimos pescadores que arrojaban sus cañas con fuerte ímpetu mientras se protegían del Sol con sombreros de vivos tonos naranjas, como el que encabeza esta entrada.

Hubo momentos para el descanso, para olvidarnos que debíamos de llegar a alguna parte y simplemente dejarnos llevar por la paz, en un intento de homenajear a poetas y pintores del pasado que se acercaron a éste lugar para ser inspirados la belleza de una China que ya no existe. Una China de emperadores, mandarines y dinastías.



Y en la lejanía, la inconfundible figura de la Pagoda de Léifēng (60 CNY) que se alzaba imponente desde lo alto de una colina. Aguardando pacientemente, representando para nosotros el final de nuestro viaje... 

De la original nada queda pues se desmoronó en 1924. Sin embargo la actual fue restaurada recientemente y en sus cimientos (que es casi lo primero que se visita en cuanto se accede a su interior) se encontraron numerosos restos budistas.


A lo largo de este viaje nos hemos encontrado con numerosas personas autóctonas que diría que sobrerreaccionaban al vernos. De eso habíamos oído también en Japón y allí no nos pasó nada extraordinario lo achacamos a cuestiones de zonas rurales. Sin embargo precisamente en lo alto de Léifēng, mientras admirábamos las extraordinarias vistas del "Lago del Oeste" se nos acercaron una pareja de chinos gritando: ¡Foto! ¡Foto! Yo tan educado como me han enseñado me disponía a hacerles una foto cuando dijeron con el idioma internacional de los gestos: No, no con vosotros. Y así fue como acabamos casi sin saber cómo, con una cara como un poema, yo con unos pelos por el sudor que a saber cómo quedó aquello; esbozando las mejores de nuestras sonrisas por duplicado.

Acabaron marchándose tan rápido como aparecieron, con su trofeo. Mientras que yo, sin ningún tipo de prueba de aquel momento, me encontraría dudando de si aquel momento realmente había sucedido de no ser por la complicidad de mi compañera que me confirmó que no había vivido nada kafkiano.


Aunque había otros pueblos más parecidos a Tongli que probablemente nos hubieran interesado más, preferimos destinar aquel día a simplemente descansar y dejarnos llevar por aquella belleza clásica. Y es que este era el último día de nuestro viaje, así que con el astro rey aún en lo alto del cielo nos marchamos de Hángzhōu de vuelta a Shanghai para coger el avión.

¿Recordáis que cuando llegamos a esta gran urbe compramos billetes de Maglev de ida y vuelta? Todo iba a la perfección incluso con tiempo de margen hasta que llegamos a la estación del Maglev a las 20h y algo. Resulta que había cerrado unos minutos antes y que no podíamos ir así al aeropuerto. Un inesperado desastre que no esperábamos que nos sucediera en una metrópoli de este calibre.

El tiempo apremiaba y no daba tiempo a coger un metro, así que nos tocó negociar con uno de los múltiples "taxis ilegales" con la presión añadida de que sabían que estábamos apurados de tiempo. No había que ponerse tiqusimiquis que el avión podía salir más caro. Acabó saliéndonos por 120 CNY la urgencia.

Mientras recorríamos los últimos kilómetros por aquel país saltaron todo tipo de radares, sin embargo como sólo pasaría en una película, incluimos un "extra para multas" (bueno, más bien se puso muy pesado para que se incluyese). Y es que después tantos destellos vistos en 14 días, no sé si es que pasan de pagarlas o su valor es prácticamente simbólico.


Termino con la vista más famosa de Hángzhōu, la de sus pagodas más fotografiadas. Una vista preciosa que desafortunadamente pierde enteros con la veintena de visitantes que se encuentran apoltronados en la más cercana e íntima, esperando tal vez un momento de reflexión o el encuentro con uno mismo bajo la vigilante mirada de Léifēng. 

Con esta última foto despido este viaje en el que conocimos una muy pequeña fracción de este gran país que es China. Un viaje en el que además de bonito lo calificaría de emocionante, hubo lugar además de para el disfrute, para las sorpresas y para la improvisación, planes extraordinarios acabaron viéndose cancelados al tiempo que nos sorprendimos a nosotros mismos improvisando y sobreponiéndonos a la situación.

No queda mucho que contar salvo una proxima entrada en la que hablaré de una escala que se nos ocurrió alargar en Abu Dhabi... ¿Será de cal o será de arena? Pronto lo sabréis.

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